Somos lo que hacemos, no lo que pensamos.

La sociedad, los políticos, los dirigentes de organizaciones, sindicatos, fundaciones y asociaciones. Todos caemos en esa descripción que recuerda aquella cita anónima que dice que “somos lo que hacemos, no lo que pensamos”.

Recitamos a diario discursos políticamente correctos acerca de la democracia, la pluralidad, la libertad de expresión, la tolerancia, el respeto. Somos declamadores profesionales también, a la hora de defender el federalismo y los valores republicanos.

Los partidos políticos y su perverso entorno, muestran, tal vez, lo peor de nosotros mismos. La política, debiera ser la herramienta primordial para generar cambios. Su ejercicio, su práctica, desgasta el término no por lo que significa, sino por la burda actitud de quienes intentan representarla.

Ocurre en todo el mundo. No es privativo de nuestras latitudes. Pero es cierto que en este país, como en casi toda América Latina, abundan mañas, ardides y distintas formas de tergiversar la voluntad popular, utilizada solo para obtener oscuros propósitos.

El desprestigio de la política encuentra su origen en el alejamiento que se produce entre su ejercicio y la escala de valores que prima en la sociedad. Entran en conflicto y la gente no se siente debidamente representada.

La política local, sin embargo, logra superarse. Parece haber tocado fondo, pero siempre encuentra la forma de reinventarse y su creatividad se pone al servicio de lo peor. La nómina de trasgresiones morales casi no encuentra límites en estos tiempos.

Las internas partidarias nuevamente están ausentes, salvo honrosas excepciones. Los procesos naturales de selección que hubieran permitido recuperar alguna cuota de legitimidad, faltaron a la cita. Los candidatos a legisladores, intendentes y gobernadores repiten la historia de la más descarada bofetada a la voluntad popular. El “dedo” autoritario señala a los “elegidos”, a esos que serán candidatos y estarán en las listas.

Hubiera sido deseable presenciar procesos internos transparentes en los partidos. Hoy, “alguien” decide quienes serán aquellos que se pondrán a la consideración pública. Poco importa el esfuerzo y las ideas que propongan los militantes. Pesa, mucho más, la cercanía al circunstancial “Mesías”, la proximidad al que tiene la lapicera con la que se arman las listas. Puede incluso importar mas la fama, la trayectoria profesional, deportiva o hasta la pertenencia a la farándula, del elegido de turno.

Con la eliminación de las internas, vulneraron la oportunidad más relevante para el proceso de selección de los mejores en la política. Pero, este año, fueron por más.

Ahora también se agrega a la obscena oferta, esos que se presentan y dicen descaradamente que no asumirán, en las mal llamadas “candidaturas testimoniales”.

Se suman las patéticas actitudes de esos que impiden la construcción de propuestas electorales tan reclamadas por la sociedad, como necesarias para salvar la república. Las pequeñeces de esos dirigentes que privilegian sus egos, arruinan otra posibilidad.

El adelantamiento del calendario electoral y los procedimientos puestos al servicio de sus propios objetivos, para garantizar ventajas, completan un escenario realmente manipulado. La supuesta división de poderes no puede disimular su verdadero origen partidario. Todos muestran las uñas, y deciden según sus compromisos. No actúan para garantizarles más democracia, ni más república a los ciudadanos, sino que se ocupan de “pagar” favores de otros tiempos, o lograr nuevos para el futuro.

La orfandad de propuestas, la ausencia de proyectos, se constituyen en la estafa de moda y la trampa más cruel a la buena fe de la gente. Se trata de imponer candidatos apostando a los aparatos políticos, al marketing, a la imagen del candidato y a sus mesiánicas condiciones para el cargo electivo.

El financiamiento de los partidos sigue siendo una “caja negra” que nadie conoce. Padrinos anónimos, sponsors que prefieren estar ocultos, compradores de privilegios, sobornadores profesionales y concesionarios “agradecidos” siempre están dispuestos a aportar a “la causa”. Prefieren el perfil bajo para “donar”. No sea cosa que se les vuelva en contra. El Estado dice presente siempre. Su caja, se convierte en la proveedora, casi lógica, de cualquier campaña. El poderoso de turno, el detentador circunstancial de las arcas públicas, utilizará la misma, con brutal descaro, casi sin inhibiciones.

La reforma política tendrá que esperar. No se hará realidad. Al menos no de la mano de ellos. Los partidos, sus líderes, los dueños de la birome, los administradores de la caja, odian la transparencia, la detestan. Atenta contra sus intereses más elementales.

Nadie le pone el cascabel al gato. Tampoco se puede esperar algo diferente. Después de todo, ellos no hacen nada que perjudique a la corporación política. Su espíritu de casta, les garantiza impunidad. No los denunciará nadie, ni por dentro de sus partidos, ni por fuera de ellos. Oficialismo y oposición se parecen mucho, demasiado.

Así, no se puede pretender que la política sea respetada, ni que los políticos consigan prestigio. Falta algo más que discursos que revaloricen la importancia transformadora de la política. Se precisan actitudes claras, transparentes, intelectualmente honestas. No se construyen estadistas haciendo trampas, ni apostando al primer ardid que se tiene a mano. Esa NO es la naturaleza de la política. Es solo la lógica de los “capangas”.

Aun aquellos que pretenden diferenciarse caen en la trampa de emular a sus enemigos y terminan pareciéndose inevitablemente a ellos. No cabe el discurso, ni el argumento, de que ASI es la política. NO es así la política. Para prestigiarla, para devolverle ALGO de seriedad, se precisa de aquellos que actúen con honestidad. No se puede pretender buenas acciones de gente que es intrínsecamente inmoral y que acepta las reglas de la deshonestidad y la mutación de valores, para lograr sus personales progresos.

Creer que para hacer el bien, se necesita cometer delitos y violentar la voluntad popular, es otra gran mentira que solo pretende justificar a los “malandras”, que viven obsesionados por el poder y lo que se deriva de ello. A no dejarse engañar. La política no es sucia. La hicieron sucia. Fueron y son los inmorales de siempre.

Los que dejan su honra en el camino, no es por involucrarse en la vida de los partidos, sino por aceptar esa única forma de hacer las cosas, mimetizándose con los delincuentes, con hipócritas disfrazados de iluminados, de esos que construyeron fortunas desarrollando esa habilidad de hacer dinero cuyo origen no pueden explicar.

Muchos políticos pretenden convencer a la sociedad de que son buena gente. Pero dicen también que la política los arrastra, los obliga a aceptar sus códigos, que el sistema les impone reglas y que no existe otro modo de hacer las cosas. Solo se justifican. Definitivamente no tienen razón. Como dice aquella cita anónima, “somos lo que hacemos, no lo que pensamos”.

Alberto Medina Méndez