"ARGENTINA ES EL TERCER MUNDO CON GENTE BIEN VESTIDA Y ROSTRO BONITO"

Cien años atrás el mundo veía a la Argentina como el país latinoamericano con mayor proyección internacional. El único que por el nivel educativo de sus inmigrantes, podía llegar a competir con los grandes. Hoy la Argentina es el fiasco más dramático del continente. Hecho que demuestra, que no son solamente las personas instruidas las que generan el progreso y desarrollo de una nación, sino que el sistema empleado para lograr su avance económico es tanto o más importante que la erudición de sus habitantes. Los europeos bajo el dominio comunista no eran tontos ni ignorantes, pero eran despiadadamente pobres.
Si bien las naciones con elevado nivel instructivo y ético suelen llegar a ser más exitosas que las que carecen de esos atributos, el trabajo es mejor remunerado y los impuestos mejor distribuidos, en sociedades donde la libertad económica es irrestricta, y el gobierno no se inmiscuye en los negocios de las personas.
La Argentina no sólo eligió el camino económico equivocado, sino que carece de principios éticos. Se dejó llevar por la angurria de poder y dinero, pisoteando los valores que hacen a una sociedad decente. Para reencauzarse, necesita por lo menos 20 años continuos de coherencia política y económica, sin sobresaltos, bajo el imperio de la ley. Con sus actuales gobernantes y con el fantasma del peronismo, la misión es imposible.
A Perón no terminan de enterrarlo, y cuando se vive en el pasado no hay lugar para al futuro.
Las tácticas del manejo gubernamental obedecen a un caudillismo hereditario canceroso. La Reina Cristina accedió al mando sin brindarse a una sola entrevista periodística ni a un debate con sus adversarios. Simplemente se sentó en el trono para hacer gala de sus trajecitos de diseñadores famosos, nunca vestidos dos veces.
Desde Enero a la fecha su popularidad ha declinado de 56 por ciento a 19.9 por ciento.
La mujer no tiene un solo mérito o virtud, ni capacidad alguna para manejar un país. Su parodia de Evita, saca a relucir su agresivo estilo de piquetera populista cada vez que pronuncia una palabra. Si además es cierto que es maníaca depresiva, puede llevar a su país a una hecatombe peor a todas las que sufrió el pueblo argentino.
Cristina llegó al poder repartiendo dinero enviado de Venezuela por su buen amigo Hugo Chávez, y aprovechando de la maquinaria gubernamental manipulada por su marido. Está rodeada de individuos siniestros. Ex guerrilleros, terroristas y secuestradores, ahora convertidos en cleptómanos burgueses socialistas.
Desde que inició su mandato no hizo nada positivo, ni podrá hacerlo. Sigue extorsionando a los únicos que mantienen a flote el país: los productores agropecuarios.
En casi dos siglos la Argentina no ha logrado convertirse en exportador significativo de ningún artículo con alto valor agregado. Gracias a sus descarados e incompetentes gobernantes, continúa dependiendo del campo. Los optimistas que hace 40 años quisieron crear una industria o comercio respetable, se encuentran hoy en peor situación económica que cuando empezaron.
Los guarismos señalan que 26.9 por ciento de la población vive debajo del nivel de pobreza. De acuerdo al Índice de Libertad Económica, Argentina se encuentra en el puesto 108 entre 157 países (Chile está en el número 8, Uruguay en el 40 y Perú en el 55). Entre 150 naciones la banca argentina ocupa el sitio 149.
La Argentina es el Tercer Mundo con gente bien vestida y rostro bonito. - Las calles porteñas llenas de basura se asemejan a algunas urbes africanas. - Las villas miserias se expandieron al centro. - La criminalidad y falta de seguridad están enraizadas. - La contaminación ambiental es asfixiante. - La burocracia es insufrible. - Los servicios son pésimos. - Y la lista es larga… En el último medio siglo Buenos Aires prácticamente no se modernizó. Cualquier ciudad latinoamericana muestra comparativamente mayor desarrollo.
La Argentina desapareció del mapa internacional por completo. Los únicos países de América Latina que cuentan en el mundo son Brasil y México, a quienes los argentinos miraban desde arriba. Chile, Perú y Uruguay se encaminan hacia un futuro promisorio. Argentina no tiene futuro.

José Brechner - ex Diputado y Embajador de Bolivia.

ASI FUNCIONA EL SOCIALISMO

Suponga que todos los días 10 hombres se reúnen en un bar para charlar y beber cerveza. La cuenta total de los diez hombres es de $100. Si ellos pagasen la cuenta de la manera proporcional en que se pagan los impuestos en la sociedad de un país, la cosa sería más o menos así, de acuerdo con la escala de riqueza e ingresos de cada uno:
Los primeros 4 hombres (los más pobres) no pagan nada.
El 5º paga $1.
El 6º paga $3.
El 7º paga $7.
El 8º paga $12.
El 9º paga $18.
El 10º (el más rico) paga $59.
Entonces, eso es lo que decidieron que harían en adelante, todos se divertían, y estaban de acuerdo con el acuerdo entre ellos. Hasta que un día, el dueño del bar les metió en un problema: “Ya que ustedes son tan buenos clientes,” les dijo, “Les voy a reducir el costo de sus cervezas diarias en $20. Los tragos desde ahora costarán $80.”
El grupo quiso, sin embargo, seguir pagando la cuenta en la misma proporción que lo hacían antes, de modo que los cuatro primeros siguieron bebiendo gratis. La rebaja no les afectaba en absoluto. ¿Pero qué pasa con los otros seis bebedores, los que realmente pagan la cuenta? ¿Cómo debía dividir los $20 de rebaja de manera que cada uno recibiese una porción justa?
Calcularon que los $20 divididos en 6 eran $3,33. Pero si restaban eso de la porción de cada uno, entonces el 5º y 6º hombre estarían cobrando para beber, ya que el 5º pagaba antes $1 y el 6º $3. Entonces el barman sugirió que sería justo reducir la cuenta de cada uno por aproximadamente la misma proporción, y procedió a calcular la cantidad que cada uno debería pagar:
El 5º bebedor, lo mismo que los cuatro primeros, no pagaría nada (100% de ahorro).
El 6º pagaría ahora $2 en lugar de $3. (se ahorra 33%)
El 7º pagaría $5 en lugar de $7. (se ahorra 28%).
El 8º pagaría $9 en lugar de $12. (se ahorra 25%).
El 9º pagaría $14 en lugar de $18. (se ahorra 22%).
El 10º pagaría $49 en lugar de $59 (se ahorra 16%).
Cada uno de los seis pagadores estaba ahora en una situación mejor que antes. Y los primeros cuatros bebedores seguirían bebiendo gratis, y un quinto también. Pero, una vez fuera del bar, comenzaron a comparar lo que estaban ahorrando.
“Yo sólo recibí un peso de los $20 ahorrados,” dijo el 6º hombre. Señaló al 10º bebedor y dijo: “Pero él recibió $10!”
“Sí, es correcto,” dijo el 5º hombre. “Yo también sólo ahorré $1. Es injusto que él reciba diez veces más que yo.”
“Verdad”, exclamó el 7º hombre. “¿Por qué recibe él $10 de rebaja cuando yo recibo nada más que $2? Los ricos siempre reciben los mayores beneficios!”
“Un momento!”, gritaron los cuatro primeros al mismo tiempo. “Nosotros no hemos recibido nada de nada. El sistema explota a los pobres!”
Los nueve hombres rodearon al 10º y le dieron una paliza.
La noche siguiente el 10º hombre no acudió a beber, de modo que los nueve se sentaron y bebieron sus cervezas sin él. Pero a la hora de pagar la cuenta descubrieron algo inquietante:
Entre todos ellos no juntaban el dinero para pagar ni siquiera LA MITAD de la cuenta. Y así es, amigos y amigas, periodistas y profesores universitarios, gremialistas y asalariados, profesionales y gente de la calle, la manera en que funciona el sistema de impuestos. La gente que paga los impuestos más altos son los que se benefician más de una reducción de impuestos?. Póngales impuestos muy altos, atáquenlos por ser ricos, y lo más probable es que no aparezcan nunca más. De hecho, es casi seguro que comenzarán a beber en algún bar en el extranjero donde la atmósfera es algo más amigable.
Moraleja:
“El problema con el socialismo es que eventualmente uno termina quedándose sin el dinero de la otra gente.” Para quienes comprenden, no es necesaria una explicación. Para quienes no comprendieron, no hay explicación posible.

Somos lo que hacemos, no lo que pensamos.

La sociedad, los políticos, los dirigentes de organizaciones, sindicatos, fundaciones y asociaciones. Todos caemos en esa descripción que recuerda aquella cita anónima que dice que “somos lo que hacemos, no lo que pensamos”.

Recitamos a diario discursos políticamente correctos acerca de la democracia, la pluralidad, la libertad de expresión, la tolerancia, el respeto. Somos declamadores profesionales también, a la hora de defender el federalismo y los valores republicanos.

Los partidos políticos y su perverso entorno, muestran, tal vez, lo peor de nosotros mismos. La política, debiera ser la herramienta primordial para generar cambios. Su ejercicio, su práctica, desgasta el término no por lo que significa, sino por la burda actitud de quienes intentan representarla.

Ocurre en todo el mundo. No es privativo de nuestras latitudes. Pero es cierto que en este país, como en casi toda América Latina, abundan mañas, ardides y distintas formas de tergiversar la voluntad popular, utilizada solo para obtener oscuros propósitos.

El desprestigio de la política encuentra su origen en el alejamiento que se produce entre su ejercicio y la escala de valores que prima en la sociedad. Entran en conflicto y la gente no se siente debidamente representada.

La política local, sin embargo, logra superarse. Parece haber tocado fondo, pero siempre encuentra la forma de reinventarse y su creatividad se pone al servicio de lo peor. La nómina de trasgresiones morales casi no encuentra límites en estos tiempos.

Las internas partidarias nuevamente están ausentes, salvo honrosas excepciones. Los procesos naturales de selección que hubieran permitido recuperar alguna cuota de legitimidad, faltaron a la cita. Los candidatos a legisladores, intendentes y gobernadores repiten la historia de la más descarada bofetada a la voluntad popular. El “dedo” autoritario señala a los “elegidos”, a esos que serán candidatos y estarán en las listas.

Hubiera sido deseable presenciar procesos internos transparentes en los partidos. Hoy, “alguien” decide quienes serán aquellos que se pondrán a la consideración pública. Poco importa el esfuerzo y las ideas que propongan los militantes. Pesa, mucho más, la cercanía al circunstancial “Mesías”, la proximidad al que tiene la lapicera con la que se arman las listas. Puede incluso importar mas la fama, la trayectoria profesional, deportiva o hasta la pertenencia a la farándula, del elegido de turno.

Con la eliminación de las internas, vulneraron la oportunidad más relevante para el proceso de selección de los mejores en la política. Pero, este año, fueron por más.

Ahora también se agrega a la obscena oferta, esos que se presentan y dicen descaradamente que no asumirán, en las mal llamadas “candidaturas testimoniales”.

Se suman las patéticas actitudes de esos que impiden la construcción de propuestas electorales tan reclamadas por la sociedad, como necesarias para salvar la república. Las pequeñeces de esos dirigentes que privilegian sus egos, arruinan otra posibilidad.

El adelantamiento del calendario electoral y los procedimientos puestos al servicio de sus propios objetivos, para garantizar ventajas, completan un escenario realmente manipulado. La supuesta división de poderes no puede disimular su verdadero origen partidario. Todos muestran las uñas, y deciden según sus compromisos. No actúan para garantizarles más democracia, ni más república a los ciudadanos, sino que se ocupan de “pagar” favores de otros tiempos, o lograr nuevos para el futuro.

La orfandad de propuestas, la ausencia de proyectos, se constituyen en la estafa de moda y la trampa más cruel a la buena fe de la gente. Se trata de imponer candidatos apostando a los aparatos políticos, al marketing, a la imagen del candidato y a sus mesiánicas condiciones para el cargo electivo.

El financiamiento de los partidos sigue siendo una “caja negra” que nadie conoce. Padrinos anónimos, sponsors que prefieren estar ocultos, compradores de privilegios, sobornadores profesionales y concesionarios “agradecidos” siempre están dispuestos a aportar a “la causa”. Prefieren el perfil bajo para “donar”. No sea cosa que se les vuelva en contra. El Estado dice presente siempre. Su caja, se convierte en la proveedora, casi lógica, de cualquier campaña. El poderoso de turno, el detentador circunstancial de las arcas públicas, utilizará la misma, con brutal descaro, casi sin inhibiciones.

La reforma política tendrá que esperar. No se hará realidad. Al menos no de la mano de ellos. Los partidos, sus líderes, los dueños de la birome, los administradores de la caja, odian la transparencia, la detestan. Atenta contra sus intereses más elementales.

Nadie le pone el cascabel al gato. Tampoco se puede esperar algo diferente. Después de todo, ellos no hacen nada que perjudique a la corporación política. Su espíritu de casta, les garantiza impunidad. No los denunciará nadie, ni por dentro de sus partidos, ni por fuera de ellos. Oficialismo y oposición se parecen mucho, demasiado.

Así, no se puede pretender que la política sea respetada, ni que los políticos consigan prestigio. Falta algo más que discursos que revaloricen la importancia transformadora de la política. Se precisan actitudes claras, transparentes, intelectualmente honestas. No se construyen estadistas haciendo trampas, ni apostando al primer ardid que se tiene a mano. Esa NO es la naturaleza de la política. Es solo la lógica de los “capangas”.

Aun aquellos que pretenden diferenciarse caen en la trampa de emular a sus enemigos y terminan pareciéndose inevitablemente a ellos. No cabe el discurso, ni el argumento, de que ASI es la política. NO es así la política. Para prestigiarla, para devolverle ALGO de seriedad, se precisa de aquellos que actúen con honestidad. No se puede pretender buenas acciones de gente que es intrínsecamente inmoral y que acepta las reglas de la deshonestidad y la mutación de valores, para lograr sus personales progresos.

Creer que para hacer el bien, se necesita cometer delitos y violentar la voluntad popular, es otra gran mentira que solo pretende justificar a los “malandras”, que viven obsesionados por el poder y lo que se deriva de ello. A no dejarse engañar. La política no es sucia. La hicieron sucia. Fueron y son los inmorales de siempre.

Los que dejan su honra en el camino, no es por involucrarse en la vida de los partidos, sino por aceptar esa única forma de hacer las cosas, mimetizándose con los delincuentes, con hipócritas disfrazados de iluminados, de esos que construyeron fortunas desarrollando esa habilidad de hacer dinero cuyo origen no pueden explicar.

Muchos políticos pretenden convencer a la sociedad de que son buena gente. Pero dicen también que la política los arrastra, los obliga a aceptar sus códigos, que el sistema les impone reglas y que no existe otro modo de hacer las cosas. Solo se justifican. Definitivamente no tienen razón. Como dice aquella cita anónima, “somos lo que hacemos, no lo que pensamos”.

Alberto Medina Méndez